Memorias de un fracasado (13) Laurie Anderson 1990, por Alejandro Muñoz

DAYS GO BY ENDLESSLY, ENDLESSLY PULLING YOU INTO THE FUTURE (1990)

Oscuridad total en la sala. Zumbido de amplificadores. Ruido blanco de fondo.

De espaldas al público, como suspendida en el tiempo -en posición de comenzar a tocar el violín- se distingue apenas la silueta de Laurie Anderson. Lentamente su imagen se hace más y más nítida. Maneja sus tiempos con solemnidad. Su ceremonia genera una expectación que se puede sentir en el aire.

La gran cantidad de equipos, teclados, sintetizadores, pantallas y micrófonos, todos en stand-by pero con sus leds verdes encendiéndose en forma intermitente sugieren un laboratorio, un estudio de edición, un simulador de vuelo.

Entonces ella mueve su brazo derecho -aún de espaldas al público- y una sola nota del violín corta el aire y llena la sala. Y me eriza la piel.

Me costó conformarme con tener que ver Home of the Brave solamente en el cine. Me costó hacerme a la idea de ver a Laurie Anderson sin la banda y sin el grupo de artistas que la acompañaban: quería ver a Adrian Belew tocando la guitarra con un tenedor y un cuchillo y quería escucharlo cantar la parte de Peter Gabriel de Gravity’s Angel, quería ver recitar a William Burroughs languaje is a virus from outer space y, sobre todo, quería verlo bailar tango con Anderson.

Esta noche, sin embargo, Laurie se las arregla perfectamente para tocar Smoke rings completamente sola, con la ayuda de micrófonos que distorsionan la voz, o generan ecos, loops y efectos varios.

Es un lunes de septiembre de 1990 en Buenos Aires. Para ser precisos, el 17 de septiembre.

El show comenzó puntualmente y al llegar al Gran Rex, fila 4-centro, me encuentro con que estoy ubicado al lado de Ricardo Darín, actor y futuro director de teatro, a quien ubico principalmente porque sale con Susana Jiménez. Darín –en su rol de novio- aparece en todas las revistas de boludeces y en todos los programas de televisión, que como todos sabemos son boludeces en sí mismos la gran mayoría de las veces, así es que no hay forma de no ubicarlo.

Aún no sé que Darín es un tremendo actor, pero la verdad que eso no importa, ya que aún no se saben tantas cosas: Laurie Anderson, por ejemplo, no tiene idea que un día de abril del año 2008 se va a casar con Lou Reed. La Argentina no sabe en qué estado va a quedar su economía luego de diez años de saqueo permanente; ni sabe de la depresión cultural en que quedará sumida después de procesos de sistemática vulgarización de sus medios de comunicación y del más completo trastrocamiento de valores. En buenas cuentas, aún no sabe nada de lo que traerá la administración Menem.

Aunque el trabajo que Laurie Anderson viene a presentar es un disco de canciones en el sentido más convencional de la palabra, el espectáculo que estamos presenciando es hablado en su mayor parte. Algo así como su United States. Ella habla, y luego toca, o canta. A veces toca y habla. Primero nos cuenta que se aprende toda la letra de memoria, por fonética, por como suena –ya que no habla español, ni la mayoría de los idiomas a los que se traduce su show- y que técnicamente no sabe lo que está diciendo. Lo sabe porque lo escribió ella, pero no sabe a qué palabra en particular corresponde cada sonido que emite. No sabe cuando está diciendo que no sabe lo que dice, por ejemplo.

Su español suena a la perfección. Más le vale, porque va a hablar por más de una hora.

A principios de año dejé ese empleo deplorable, en el que ingresé para organizar bienales y exposiciones y que en la práctica terminó consistiendo en pegar en grandes carpetas llenas de detalles técnicos los cientos de recortes de prensa en los que aparecía mi jefe, que a diario nos remitía una agencia dedicada en forma exclusiva a eso. Lo bueno es que él aún no sabe que cuando ocupe un cargo gubernamental, será uno de los pocos corruptos que será descubierto en sus estafas.

Ahora hago clases en la Academia que dirige un gran artista uruguayo. Pinto. Ilustro en medios. Paso mucho tiempo en el taller con mis alumnos. El otro día llegó de visita Roberto Fontanarrosa, traía consigo a Serrat. Pienso en la cara que habré puesto cuando abrí la puerta, mientras suena O Superman.

Laurie canta Coolsville. Laurie canta Strange Angels. El trabajo sobre el escenario es magnífico, la producción es extraordinaria: deben haber quince o veinte telones de proyección, todos perfectamente unidos entre sí. Cambian de slide cada unos diez segundos. Las imágenes son en su mayoría paisajes desiertos: ninguna se repite, pasan con un pequeño fade entre ellas, como que cada una se va transformando en la otra, y la sincronización es perfecta. Parece imposible que haga todo ella sola. Aunque haya cientos de samplers y mucho material programado, ella no comete un solo error.

Laurie Anderson ha sido siempre una pionera en la innovación tecnológica: usa una corbata a listas negras y blancas que de hecho es otro teclado más, hace pasar la voz de Burroghs recitando listen to my heartbeat en Late Show sampleada en el violín: lo acelera, lo pasa lento, hacia delante, hacia atrás…

Lo estoy soñando, no lo puedo estar viendo: Paradise / is exactly like / where you are right now / only much, much / better…

A estas alturas es necesario aclarar un punto: esto podría ser lo más aburrido del mundo, no hay lugar para la mínima improvisación, no hay lugar para soltarse en ningún momento, y sin embargo no puedes sacarle los ojos de encima.

Los temas recurrentes de Anderson: La sociedad; el progreso; la urbanización depredadora; otras vidas y un comentario gracioso: anteriormente ella habría sido un ave zancuda, lo cual explica muchas cosas, dice sonriendo; números binarios, cero y uno, la lógica digital y dice: No soy un buen matemático, pero quiero hablar sobre un par de números que me han estado molestando últimamente, y ellos son el cero y el uno. Primero, echemos un vistazo al cero, bien, nadie quiere ser un cero. Ser un cero significa no ser nada, ni nadie, alguien sin corazón, un día nublado. Por otro lado, casi todo el mundo quiere ser número uno. Ser el número uno significa ser un ganador, estar en el tope. El comienzo. ¿No le resulta extraña a los matemáticos esta particular lógica de los números? Yo opino, que el problema con estos dos números es que están muy cerca, y queda muy poco lugar ahí, para todo el resto de la gente…

Y tiene toda la razón

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