Obreros
Oh esta cálida mañana de febrero. El Sur inoportuno vino a reavivar nuestros recuerdos de indigentes absurdos, nuestra joven miseria.
Henrika llevaba una falda de algodón a cuadro blancos y marrones que se llevaría en en siglo pasado, un gorro de cintas y un pañuelo de seda. Estaba mucho más triste que si fuera de luto. Dábamos un paseo por los suburbios. El cielo aparecía cubierto y ese viento sur excitaba todos los malos olores de los huertos desvastados y de las praderas consumidas.
Esto no debía fatigar a mi esposa al mismo grado que a mí. En un bache, que dejara la inundación del mes precedente, en un sendero bastante elevado, ella me hizo observar tres peces muy pequeños.
La ciudad, con su humareda y sus ruidos industriales, nos seguía muy lejos, por los caminos. ¡Oh el otro mundo, el hábitat bendecido por el cielo y las sombras! El Sur me recordaba los miserables incidentes de mi infancia, mis desesperos de verano, la horrible cantidad de fuerza y de ciencia que la fortuna ha alejado siempre de mí. ¡No!, no pasaremos el verano en este país avaro donde nunca seremos nada más que unos novios huérfanos. Quiero que este brazo endurecido deje de arrastrar una querida imagen.
Arthur Rimbaud, 1954-1891

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